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Desde la trinchera reportando sobre la batalla musical.

martes, 28 de abril de 2020

Días Extraños


Para mí todo comenzó camino a Parramatta cuando el promotor de la gira, quien es un gran amigo y quien estaba sentado junto a mi en la van me comenta que lo más probable era que el show de Parramata se cancelaría ya que el epicentro del brote del coronavirus estaba justo ahí, en el centro de Parramatta. El show se llevaría a cabo en un gran parque al aire libre, con acceso gratuito en el cual se esperaban miles de personas en una de las comunidades más diversas de Sídney. Este show hubiese sido el último de nuestra gira australiana y el séptimo en una agenda de 40 shows en Australia, Estados Unidos, Colombia y México programados para el primer semestre del 2020. En las siguientes horas comenzaron a cancelarse el resto de los conciertos que quedaban, cayéndose uno a uno como si estuviesen en una gran fila de piezas de dominó.  Tres meses de trabajo se desvanecieron en menos de 24 horas. La última vez que paramos por tanto tiempo fue cuando dos miembros de la banda decidieron retirarse por lo que en ese momento decidimos voluntariamente tomarnos tres meses para lamernos las heridas y repensar un poco las cosas hacia el futuro. Pero esta vez no era voluntario, era por una causa ajena la cual nos cogía totalmente desprevenidos. Los ánimos estaban por el piso y la incertidumbre por el cielo pero aun así nos quedaban tres días libres en Parramatta. El promotor nos sugirió que ya que el epicentro del brote era justo ahí, lo mejor sería que pasásemos la mayor parte del tiempo de nuestra estadía fuera de la zona por lo que al día siguiente acordamos aceptar la invitación a un “brunch” en un restaurante venezolano en Sídney y comenzar a turistear como se debe; Teatro de la Opera, Darling Harbour, Museo de Arte Contemporáneo, etc.

Para ese momento ya Tom Hanks quien estaba en Australia desde hace unos días anunciaba a todos los medios que tenía el coronavirus lo cual comenzó la carrera del “quien es quien” de celebridades anunciando el padecimiento de la nueva enfermedad. La incertidumbre que ya estaba por el cielo seguía creciendo de manera exponencial tal como si obedeciese a la taza de contagio y a pesar de ello mi viaje a Australia no podía acabarse sin visitar mi lugar favorito en Sídney:  Bondi Beach, una de las urbanizaciones con más onda de Sídney, con una playa espectacular que surfistas y tomadores de sol  comparten por igual y en frente de ella, un oasis, “The Bucket list”, el típico restaurante de playa pero con un gran ambiente y música increíble. Estar sentado en ese lugar escuchando buena música y en frente de esa playa acompañado de una gran cerveza me hacía sentir como la persona más exitosa del planeta en ese momento. Ya mi próstata no aguanta como antes por lo que después de la segunda cerveza tuve necesariamente que ir al baño y pasar por enfrente de la cabina del DJ donde pude notar por su hablar que era de España. Ya le había “Shazameado” varias canciones durante mi estadía en el lugar pero cuando colocó “We Got The Funk” de “Positive Force” tuve que acercarme – ¡Oye! ¡Tu música está increíble! – con lo cual comenzamos una conversación muy amena. Por esas cosas inesperadas de la vida, el DJ resultó ser fan de Los Amigos Invisibles lo cual sirvió para que me invitara a una fiesta que sucedería en ese mismo lugar un par de horas más tarde y que según él era una de las fiestas “mas chic” de Sydney – ¡Bingo!

Ya que la fiesta comenzaba en dos horas aproveché de hacer mi caminata favorita de Sídney que es un camino que pasa sobre un risco desde Bondi Beach hasta Bronte Beach, ida y vuelta. Noto que llegando al final del tramo se forma un arco iris completo de 180 grados ¿cómo no interpretar eso como una gran señal? Al llegar de regreso al restaurante, ahora club, encuentro una fila muy larga pero siguiendo el consejo del DJ me acerqué a la puerta y entré como perro por mi casa. A partir de ahí presencie una de las mejores fiestas en las que he estado en mucho tiempo. Música increíble, gente hermosa, disfraces, cotillón y ante nada, muchísima energía, parecía casi como que si el mundo se fuese a acabar. La fiesta comenzó temprano y terminó temprano por lo que con todo y tomándome el tren de hora y media a Parramatta llegué apenas a las 12 de la medianoche al hotel lo cual significaba que en Ciudad de México eran apenas las 8AM por lo que decidí llamar a mi esposa. Durante la llamada mi esposa me comenta que con todo esto del virus, yo debería llegar a Ciudad de México y hacer mi respectiva cuarentena en otro lugar fuera de la casa a lo cual yo me negué rotundamente alegando que estaba exacerbando la situación, que no había manera de que fuera a tener tanta mala suerte.

Después de 25 horas de viaje, el 16 de marzo en la tarde llegué a la CDMX (como le llaman acá). Tanto mi vuelo como los aeropuertos estaban llenos de gente, la gente estaba literalmente escapando de los lugares donde estaban visitando para llegar a sus casas a la brevedad, los cierres de frontera estaban apenas comenzando. Al llegar a casa abracé a mi esposa y le dije – Tranquila, no va a pasar nada.  Los siguientes días, a pesar del jet lag, consistieron de descansar y sentarme con mi esposa a contarle las historias del viaje; al final exceptuando por lo del show de Parramatta, la gira había sido un éxito total. Luego vinieron los días de enterarme sobre el virus, sobre lo grave de la situación y sobre lo irresponsable que había sido con el tema de la cuarentena sugerida. La caída de las bolsas, esperar con ansias como serían las ayudas económicas del gobierno, todo se tornó bastante estresante. Me van a perdonar las personas que se quejaban de lo que yo empezaba a catalogar como un “banal aburrimiento” pero me parecía que no habían entendido nada todavía, esto era grave e iba para rato. Es en esa secuencia de pensamientos que me llega un mensaje de “Whatsapp” de nuestro promotor en Australia – Alerta panita, ha salido en las noticias de Sídney que hubo un brote de Covid-19 en la fiesta que estuviste en “The Bucket List”, toma precauciones.  La sangre se me subió, o se me bajó, la verdad no sé, solo sé que el corazón me empezó a palpitar a mil por hora mientras veía a mi esposa sentada al lado mío agarrándome la mano mientras mirábamos la tele. Me disculpé para ir al baño para poder leer los “links” de las noticas que me habían enviado y no importaba cuantas veces las leía, la conclusión era siempre la misma, pues que primero muerto pero mi esposa jamás se enteraría de esto. Los siguientes días de la cuarentena continuaron con una mezcla de paranoia y alejamientos a los acercamientos de mi mujer. Si amanecía con la nariz tapada por el frio, si me dolía la cabeza por leer con poca luz, si estornudaba por el polen que deja nuestro árbol en el jardín, todo era coronavirus. Incluso una vez entré a la cocina y me topé con una sensación de algo imperceptible en el aire que me hizo toser mucho y quedarme sin aire, ese día pensé que mi farsa ya había acabado hasta que me enteré que minutos antes mi esposa había cocinado unos chiles habaneros (una suerte de ají muy picante) cuyos vapores continuaban en el aire. Ya no sabía si el jet lag me causaba el insomnio o si el insomnio me causaba el jet lag independientemente de que eso tenga algún tipo de sentido.  Eran días extraños.

El tiempo de incubación del coronavirus puede durar hasta 14 días por lo que no fue sino hasta el mismísimo catorceavo día que llegué de Sídney que pude dormir tranquilo, con la certeza de no haberlo contraído y de no habérselo contagiado ni a mi esposa ni a nadie.  A muchos, sobre todo los que vivimos de una industria que depende de grandes conglomeraciones de gente nos ha pegado bastante la situación laboral y nos ha costado entender la real profundidad del asunto pero ahí vamos poco a poco amoldándonos y aportando nuestro granito de arena para que todo pase pronto y con el menor daño posible a nuestras sociedades. Al final todos tenemos que ser pacientes para no convertirnos en pacientes.


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